La ilusión es lo último que se pierde

las palabras del delfín

Dalia (Capítulo V) Octubre 3, 2007

Archivado en: Dalia, Memorias — illyakin @ 7:17 pm

-Parece que no tienes muchas ganas de comer.

Marga dejó el tenedor sobre el plato negando con la cabeza.

-Yo tampoco. Este es el mismo lugar de siempre, pero nosotros no somos los mismos.

La joven agachó la cabeza. Después, pensándolo mejor, la levantó mirándolo a los ojos.

-Déjame pensarlo, Mauricio. Me da miedo no saber hacerte feliz. Esto es muy serio.

-Yo sé lo que te pasa y es inevitable. Tú eres muy joven y yo voy camino de los cincuenta.

Marga agarró la punta del cable que se le escapaba.

-Si piensas así, ahora mismo me levanto y me voy.

-¿Qué te pasa?

La joven adelantó un poco el busto.

-¿Y tú entiendes el tema? ¿Es que yo no sabía ayer la edad que tienes?

Mauricio quedó desconcertado. Ella continuó hablando con reproche.

-Te he dicho antes que me da miedo no hacerte feliz. Estoy considerando mi forma de ser para llegar a estar segura.

-Te comprendo, pero me cuesta admitirlo. Ponte en mi lugar.

Ella asintió levemente.

-De acuerdo. Comprendo tus prejuicios, pero aquí el centro de la cuestión y la única realidad es mi temor. Si nos casamos y no supiera hacerte feliz es que… todo me resultaría un infierno. Dame algo de tiempo.

Mauricio cogió su mano, aprentándola lo justo para que resultara una caricia.

-Hasta final de julio. El uno de agosto vuelvo a Cartagena. Y, si de verdad me quieres, no lo pienses mucho.

Ella lo miró poniendo una expresión de ternura en sus ojos.

-Te contestaré antes de que te marches. Y presiento que lo haré en la más absoluta intimidad.

-No digas eso -la seriedad del hombre era visible-. Piénsalo, pero no lo digas.

Ella se dio cuenta de su error.

-Llevas razón. Perdona.

El volvió a acariciar su mano. Luego susurró:

-Para mí las ilusiones tienen tanta fuerza y tanta vida como la misma relidad. Pero yo elijo mis sueños y yo los vivo. La esperanza no entra en mi sistema. No sé si me comprendes.

-Por supuesto que sí. ¿Por qué si no tengo ese miedo?

Mauricio esbozó una sonrisa.

-Bueno. Mi extremo está a la vuelta de la esquina. No creas que soy tan radical como tú crees que soy. Tal vez algo…

-¿Sublime? -interrumpió Marga.

-No exageres. Tal vez algo soñador.

Marga entornó los ojos.

-¿Eres poeta?

-En el sentido literal, no. He escrito algo como cualquier persona que le guste la poesía, pero no lo soy.

-Sin embargo, me da la impresión de que la vives. Creo que siempre tienes un motivo para sentirla cerca de ti.

Mauricio sonrió.

-¿Te gusta en mí esa faceta?

-Si lo dices con énfasis, no.

-No lo he dicho con énfasis.

-Entonces, como a cualquier mujer, sí. Claro que me gusta.

-Te escribiré una. Cuando sea mi noche, en tu luz encontraré la rima.

Habían guardado silencio mirándose fijamente.

Marga se dio cuenta de que estaba viviendo unos instantes de confusión, no dándose prisa por despertar. Jamás había notado aquella sensación. Aunque sólo fuera unos instantes.

Media hora después marchaban a la casa de la joven para la siguiente lección de guitarra.

* * * * *

Al abrir Marga la puerta de la casa, lo primero que se encontraron fue el suelo lleno de objetos esparcidos y rotos. Figuras de adorno, sillas, y hasta un cuadro. Al fondo del salón, sentada sobre un sofá, Géminis lloraba al límite del histerismo. Al ver a Marga corrió a su encuentro, abrazándola e irrumpiendo con un frenético terror.

-¡Me van a matar, Marga! ¡Me van a matar!

Marga casi le chilló.

-¡Serénate, Géminis! ¿Qué ha pasado?

Mauricio, algo nervioso, había cerrado la puerta mientras las dos jóvenes se dirigían de nuevo al sofá. Al sentarse y alzar el rostro, Géminis dejó al descubierto su maltrecho pómulo con un hematoma que le llegaba cerca del ojo, a la algura de la sien. Por una pequeña brecha brotaba un hilillo de sangre.

-¿Pero quién ha sido, Géminis? ¿Quién te ha pegado?

Mauricio se había sentado en un sillón frente a ellas esperando, confuso, a que la joven se explicara.

-Me quieren matar -lloriqueó.

-Pero, ¿por qué?

Géminis miró a su amiga. Marga; comprobando que el hematoma era real y de considerable gravedad, optó por ir al aseo en busca de agua oxigenada para curar la herida, indicándole a la vez a Mauricio que trajera unos cubitos de hielo del frigorífico. Mientras aliviaba el descalabro, Marga la miró recriminando tal vez su exagerada actuación. Al cabo le volvió a pedir que se explicara.

-Se trata de mi hermano.

-¿Pues no está en un centro de rehabilitación?

-Sí. Bueno. Este hombre es Mauricio, ¿verdad?

-Sí, es Mauricio. Habla.

Géminis, que mantenía la bolsita de hielo sobre su pómulo, intentó poner al corriente de la situación a su amiga, llevándose de vez en cuando un pañuelo a los ojos para secarse las interminables lágrimas.

-Verás. Cada vez que mi hermano se encuentra en el paro porque se le acaban los contratos, se engancha en la droga. Es inevitable. Pero esta vez ha sido peor, ya que se metió en enjuagues haciendo de camello y llenándose de problemas hasta los ojos. El caso es que esta gente me piden que les devuelva unas bolsas de coca o un millón de pesetas. Y esa droga no la tiene mi hermano, ¿comprendes? No la tiene él. Se la devolvió a uno de ellos y ahora éste se la ha apropiado. El muy hijo de puta…

-Y ellos creen que la tienes tú.

-Eso es. Y el asunto está en que si no les devuelvo la droga o les doy el millón, me van a matar como hicieron con Belinda.

Mauricio arguyó débilmente:

-¿No puede hacer algo la policía?

-Nada en absoluto. Ellos tienen sus limitaciones. Tienen que cogerlos in fraganti. Esto es una mafia, Mauricio. Una mafia organizada que incumbe también a peces gordos -Géminis volvió a llorar-. Y me han dado veinticuatro horas de plazo. ¿Qué hago, Marga? Yo no tengo nada.

Marga le acarició el pelo.

-Algo pensaremos, Géminis. Aunque, la verdad, no sé qué es lo que hay que pensar. No tenemos ninguna propiedad que nos avale ni a nadie solvente a quien recurrir.

-¿Y si yo te llevara a Cartagena? Saldríamos de noche.

Géminis miró a Mauricio cariñosamente.

-Tú no estás en este mundo. Ellos saben que es una posibilidad que tengo y estoy bajo una permanente vigilancia. Fíjate que nada más llegar de mis vacaciones ya me estaban esperando.

Mauricio agachó la cabeza todo consternado. Las dos mujeres se miraron de reojo. Todo estaba dicho y había que esperar el desenlace sumidos en aquél entorno dramático.

Tras unos momentos de tensión, efectivamente todo salió como habían planeado. Habían dado de lleno en las fibras sensibles de Mauricio, que no pudo contener el desbordamiento de su nobleza.

-No preocuparos. Mañana por la mañana os traeré un talón por el millón de pesetas. No hay más que hablar.

Las dos amigas se miraron abriendo la boca con asombro. Géminis dijo entrecortadamente:

-Es mucho dinero, Mauricio. Yo no sé si podré devolvértelo alguna vez. Es mucho dinero.

-Te vuelvo a decir que no te preocupes. De vez en cuando el dinero sirve para algo realmente útil.

-Y hermoso.

Mauricio miró a Marga, que era quien había hablado. En los ojos de ella también habían aparecido unas lágrimas.

 

Yo ya escribí mi libro Septiembre 20, 2007

Archivado en: Memorias, Poesía — illyakin @ 7:42 pm

Las memorias de mi padre están prologadas por este poema que escribió, a modo de testamento literario.

Sólo deciros que me siento rica. Y me gusta compartir esta riqueza con quien quiera entrar y sentarse en esta estancia.

(La otra riqueza la compartiré cuando me toque la primitiva…)

Para que lo lean con cariño

mi familia y descendientes,

porque para ello fui escribiente

de esta historia que bendigo.

Ella dará fe, voto a bríos,

que no fui gran pudiente,

mas sí soñador de ríos

de aguas muy transparentes

que pasaron por el filtro ardiente

del amor, cuando no en desvarío.

Para que lo lean con cariño

quien saber quisiere

de mis andanzas de niño

y de mi ego adolescente,

y de adulto ciertamente

porque vivirlo pudiere.

Y si manantial hubiese sido

de ingenio transparente,

en vez de este libro

fortuna sorprendente

hubiese dejado

sin dejar de quererte.

 

 

El vendedor de periódicos Julio 20, 2007

Archivado en: Memorias — illyakin @ 12:47 pm

Momentos del 38. Yo tenía… seis años. Hacía rato que me había acostado mi madre. Medio adormecido, entreabrí los ojos. Al dormitorio llegaba la luz indirecta del balcón de la salita, que daba a la calle, creando penumbra a mi alrededor. Un perchero quedaba a los pies de mi cama en un rincón. Colgando de él había ropa. Chaquetas, pantalones, sombreros, todo tipo de prendas. Mis ojos quedaron mirando fijamente el perchero…

Y entonces, como una maravilla que sólo la mente es capaz de crear, tomó vida una imagen formada por una oscura chaquetilla, unos pantalones y una gorra, iniciando  una veloz carrera con un paquete debajo del brazo.

Aquella imagen era la de un niño. Un niño que vendía periódicos.

Lo veía correr en una dirección. Luego se paraba, le daba a alguien un ejemplar y, dándose media vuelta, emprendía otra carrera hasta volverse a parar. Y así se pasaban los minutos carrera va y carrera viene, hasta que me dormí.

A raíz de aquella noche yo hacía lo posible por poner en aquel perchero las prendas de manera adecuada para vestir a mi amigo “el vendedor de periódicos”.

No hablaba. No decía nada ni voceaba su mercancía. Pero yo lo veía correr con una alegría que me extasiaba. Por más que vendía, nunca se le acababan los periódicos.

Y así pasaron muchos días, no sabría decir cuántos.

Una mañana, al salir del refugio tras pasar una noche de intenso bombardeo, llegamos frente a la casa. La consternación de mi familia era elocuente. Llantos y lamentos se sucedían y llenaban el aire a mi alrededor ante el espectáculo de la fachada del inmueble derrumbada en la calle, víctima de una bomba. Ya no existía el balcón de nuestro primer piso, nuestros muebles se veían desde la acera, desnudos ante la mirada extraña…

Mientras mi madre y mi tía seguían llorando por el desastre que se había originado, y como si compartiera con los adultos el temor hacia el futuro inmediato que se nos avecinaba, mis ojos se llenaron de lágrimas. Nunca más volvería a ver a mi amigo…

Y en mi llanto sonreí, consciente de que, a pesar de todo, aquella tarde no pudo destruir la parte de mi ser de donde brotaban la ilusión y la fantasía, porque al llorarle continué brindándole vida, dando por hecho que el vendedor de periódicos había existido.

La fachada del vendedor de periódicosLa fachada del vendedor de periódicosLa fachada del vendedor de periódicosLa fachada del vendedor de periódicosLa fachada del vendedor de periódicos