Primera parte
CAPÍTULO I
1 de julio de 1980.
A sus cuarenta y ocho años, Mauricio se sentía en el momento cumbre para pensar que ya lo tenía hecho todo en la vida, y que solamente vegetar y verlas venir eran su meta.
Ya había salido del profundo y largo túnel en el que había estado sumido desde la muerte de Irene, su mujer, ocurrido hacía diez años en un fatídico accidente de circulación en Cartagena; y ahora, a la salida de aquel túnel, comprobaba que, a pesar de sonreirle la vida tanto en lo económico como en lo familiar, el sol no brillaba como antes, y ni la poesía ni la música tenían aquella magia que lo enamoraba y le había hecho ser tan feliz.
Desde hacía dos años había estado escribiendo sus memorias. Sonrió, dándose perfecta cuenta de que no eran precisamente unas historias con un contenido que despertara algún interés particular. Era sencillamente su vida. El único estímulo que había tenido era que algún día lejano las leyesen sus biznietos y demás descendencia.
Esas historias las acompañaba con fotos de la época en la que se iban desarrollando, para que resultara más amena su lectura. Instintivamente las había escrito para distraerse y para apoyar la idea de que todo hombre tenía que escribir un libro.
Pero Mauricio se equivocaba en algo. A sus cuarenta y ocho años, aún seguía teniendo un atractivo muy personal para las mujeres, por su físico, por su mirada y por la tonalidad de su voz. Unido esto a su manera de ser, formaba un cómputo de cualidades, haciendo que resultara agradable su compañía.
El tren llegó por fin a Madrid, y en la estación le estaba esperando su hijo Toni. Estaba muy orgulloso de él. Después de abrazarlo, cogieron un taxi que los llevó a la pensión donde vivía. Aún era pronto para sacar conclusiones sobre aquel trabajo, pero estaba contento. Había que darle tiempo al tiempo. Había terminado la carrera de Derecho y estaba a prueba en una empresa. Se había librado del servicio militar y, a sus veintitrés años, comenzaba a volar por esos cielos de Dios.
-¿No te aburrirás, papá? ¿Qué vas a hacer hasta las ocho de la tarde cuando salga yo? –le había dicho con cierta pesadumbre.
-No te preocupes, Toni. Aparte de recorrer y visitar Madrid, tengo la dirección de un viejo amigo de Cartagena que vive aquí desde hace muchos años. Lo visitaré. También tengo viejas amistades. Ten en cuenta que hemos vivido aquí mucho tiempo.
Aquel primer día lo pasaron juntos recordando sitios de la ciudad. Comieron donde encartó y hablaron de muchas cosas.
Al levantarse al día siguiente y lanzarse a pasear por aquellas avenidas, tuvo una sensación de relajamiento que le hizo sentir bien. Hacía calor, pero él iba a gusto. Comió e hizo tiempo para ir a visitar a su amigo. Iría a las seis de la tarde. Efectivamente, a esa hora tomó un taxi y, dándole la dirección, le llevó a su domicilio. Era en un quinto piso.
Cuando le abrieron la puerta, pudo observar que estaban de fiesta. Algunos chiquillos corrían por el pasillo.
-Buenas tardes. ¿Está Mario?
La mujer, una señora de casi cincuenta años, le contestó:
-Sí, sí está. ¿Qué desea? ¡Pero si eres Mauricio!
Los primeros momentos fueron muy efusivos. Mario y él estuvieron abrazados por lo menos un par de minutos. Luego le presentó a su hijo y a su nuera, a un matrimonio vecino suyo y a una joven de unos veinticinco años. Marga.
La fiesta era por el cumpleaños de su nieto. Tres años había cumplido. Los dos pequeños de la vecina eran demasiado inquietos, por lo que tuvo lugar algún que otro pescozón propinado por el padre.
Al cabo de casi una hora de hablar y de tomar unas copas y algunos dulces, Mauricio salió a la terracita aprovechando unos momentos en que se había quedado solo. Abajo estaba la calle con su buen tráfico.
-Vaya jaleo que arman los críos, ¿verdad?
Era la joven Marga quien hablaba.
-Desde luego. Y eso que el padre está al quite. ¿Tú eres vecina?
-No, soy amiga de la familia. La dueña de la boutique donde trabajo y Cari, la mujer de Mario, son íntimas amigas, y de ahí viene mi amistad con ellos. Yo no sabía nada de esta fiesta, pero he venido para traerle unas cosas a Cari y aquí estoy. Ahora tengo las tardes libres porque están de reparaciones en la tienda. Sólo voy por las mañanas para organizar un poco los géneros.
Pasaron unos momentos de silencio mirando el tráfico. Mauricio pudo observar que aquella joven tenía algo que atraía, al margen de su juventud y belleza. Indudablemente era su elegancia.
-¿Echas de menos Madrid?
Mario se les había unido en la terracita.
-Bastante. Ten en cuenta que han sido muchos años los que he vivido aquí. Pero prefiero Cartagena.
-Cartagena es más tranquila. ¿Llegaste a montar el negocio?
Mauricio había sacado un paquete de Nobel, invitando a Marga y a Mario. Al acercar la llama de su encendedor al cigarrillo de la joven, la miró a sus anchas. Era sencillamente bellísima. Luego contestó a su amigo.
-Sí. Mi cuñado Andrés, que es el hermano de Irene, me animó y abrimos un local de electricidad.
-¿Puedo hacerte una pregunta?
Mauricio sonrió. La pregunta la veía venir.
-Puedes hacerla.
-¿Has pensado en casarte de nuevo? Aún eres joven.
Tras unos momentos de silencio contestó a su amigo, no sin antes mirar de reojo a Marga. Tal vez si no hubiera estado ella hubiera sido más tajante.
-Yo no mido la juventud por los años, porque a mi edad más bien entra el motivo de la conveniencia. Alguien que me cuide y que yo cuide no es suficiente para mí.
Marga iba a hacer una observación, pero calló. Hábilmente quedó a la expectativa.
-No te comprendo, Mauricio. ¿Qué es lo que quieres?
-Enamorarme, amigo mío. Enamorarme.
Mario le echó su brazo por encima de los hombros, mirando la ajetreada calle.
-Pues enamórate. Pero tendrás que alternar, ¿no? ¿Tú que dices, Marga? Desde el punto de vista de una mujer, ¿qué puedes decir?
-¿Yo? –la joven sonrió-. La verdad, no quisiera parecer una mujer suficiente o con mundología, pero el tema del amor es muy complejo. Tiene que haber una mutua condescendencia; asumir los defectos del otro, coincidir en gustos o aficiones, y muchas cosas más que dejan al posible amor un poco indefenso. Por saber algo de ti, Mauricio. ¿Cómo consideras al amor?
-Algo sublime.
Su tajante respuesta fue sincera. Esa fue la impresión y así era en realidad. Mario, que se había quedado sorprendido por las palabras de Marga, apuntó dirigiéndose a Mauricio:
-Creo que esa forma de pensar tuya tiene que ser mutua. Porque si la mujer de la que tú te enamores no tiene esa opinión y es más realista, no hay arreglo. Yo pienso como Marga.
Mauricio encendió otro cigarrillo. Normalmente no fumaba tanto. Luego contestó, queriendo poner punto y final a la conversación:
-Es que, si yo me enamoro, es porque he encontrado en esa mujer los valores necesarios para vivir felices. Y vamos a dejarlo, porque esto es un problema mío.
-Como quieras.
Mario cambió de conversación, sugiriendo tomar asiento en los silloncitos de la terraza. En aquel momento se les acercaba Cari con unos vasos de sangría sobre una bandeja, que ellos acogieron de buen grado. Luego continuó:
-¿Te acuerdas de aquellos bailes que organizabais con la rondalla? Qué bien que lo pasábamos. Nunca aprendí a tocar la guitarra. Tú, además, tocabas el laúd.
-Así es.
Marga entró en la conversación con un deje de entusiasmo.
-¿¡Sabes tocar la guitarra!?
-Sí, ¿por qué?
-Es que… mi amiga y yo tenemos una y estamos aprendiendo en nuestros ratos libres. A las dos nos entusiasma.
-¿Vais a alguna escuela?
-Qué va. Aprendemos con un método.
-Así nunca llegaréis a saber tocar. Tenéis que ir a una escuela.
-¿Tú aprendiste en una escuela?
-Pues no, la verdad. Pero me enseñó un amigo que sí había ido a una. Se puede decir que era un profesor.
A Mario se le encendieron las ideas, dejándolos un tanto en el aire.
-¿Por qué no le das unas clases durante estos días que vas a estar aquí?
A partir de ese momento estuvieron hablando del tema durante una media hora, quedando al final en que Mauricio iría a su casa a las cinco de la tarde. Estaría con ella dos horas y después se iría para estar con Toni.
Poco después se despedía de todos.
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