La ilusión es lo último que se pierde

las palabras del delfín

Un cuento para él Julio 18, 2007

illyakin @ 8:00 am

A ver cuántos blogueros pueden escribir por ahí que alguna vez tuvieron un delfín. Pocos, ¿verdad? Pues yo sí tuve uno. Lo tuve hasta hace dos años. Ya era mayor y murió de una enfermedad a la que siempre se empeñan en curar aunque la cosa ya no tenga cura.

Mi historia con el delfín empezó en el Mar Menor, donde veraneaba de pequeña. Desde bien chica se me acercaba mientras me estaba bañando con mi flotador, me tocaba y me empujaba desde abajo hacia la superficie mientras me trasladaba de sitio, y yo movía los brazos alternativamente para hacer ver que era yo la que nadaba. Y así, con el tiempo, abandoné el flotador y dejé que él me enseñara a nadar. Me sostenía a flote y yo iba perfeccionando mis movimientos de brazos y piernas, hasta que ya no necesitaba que me sostuviera porque era capaz de mantenerme sola. A pesar de ello, él se mantenía cerca. Lo mejor y más emocionante era cuando se metía por debajo mía, me empujaba hasta que me ponía a caballo en su lomo, y empezaba a bucear. Yo, que ya me conocía el juego, iba provista de unas gafas de buceo, porque él me incitaba en esos momentos hacia la profundidad, nos hundíamos, y yo no me soltaba, las piernas firmes abrazando su cuerpo, las manos en su cuello. Era lo más parecido a volar que se puede experimentar no volando. Cuando calculaba que me faltaba aire subía a la superficie, y yo cogía aliento y siempre quería más, nunca me saciaba de aquel juego.

Luego llegaron los años en los que ya no volví al Mar Menor, sino que me quedaba en mi playa malagueña. Allí volvió a aparecer mi delfín salvador, volvimos a jugar, hacíamos carreras acuáticas (obviamente él siempre me ganaba, aunque me diera ventaja). Sólo una vez puso una cara de sorprendido (((¿¿¿y eso como és???))) cuando le tomé el pelo poniéndome unas aletas y adelantándole en la carrera. Cuando le enseñé el truco se rió mucho, como se ríen los delfines, con la cabeza fuera del agua y agitando el cuerpo mientras me salpicaba agua.

Mi relación con mi delfín no se limitaba al verano. Durante el invierno también nos seguíamos, y él continuaba intentando enseñarme cosas a pesar de las limitaciones al contacto físico. Se le veía siempre muy ilusionado, y te contagiaba esa ilusión. Siempre parecía feliz, debe ser por esa cara que la naturaleza les ha dado a los delfines, que parece que siempre estén sonriendo. Siempre tenía ganas de juerga, le encantaba oirnos a mis hermanos y a mí tocar la guitarra y cantar, él también cantaba, se apuntaba a un bombardeo el tío. Incluso protestaba cuando ya no queríamos seguir la concertina. Entonces le llamábamos pesao.

Mi delfín salvó muchas vidas. De forma casi anónima, dejando el protagonismo a la Cruz Roja, que era la que se encargaba de procurar al salvado la atención médica. Mi delfín nunca salió en un periódico por sus proezas, aunque una vez le vi salvar a un niño que se desangraba por cortarse con un cristal, y cuyo padre no tenía suficiente capacidad para agradecerle haber salvado la vida de su hijo. La verdad es que hubiera muerto sin su intervención. Fue muy impresionante. Y entre tanto, cada ciertos meses, de forma casi premeditada, una intervención suya salvaba las vidas de varias personas.

Hace cuatro años enfermó, una afección pulmonar bastante grave según los expertos. A pesar de ello duró dos años luchando, aunque ya no se le veía esa ilusión de cuando estaba sano, nadaba siempre cabizbajo, apenas reaccionaba cuando te acercabas a él y le susurrabas cariñitos para que se animara. Sus músculos se aflojaron, le costaba respirar, le costaba mantenerse a flote, había que ayudarlo para que no se ahogara. Después de dos años de agonía, finalmente, cuando se vió que el fin estaba cerca, lo sedaron para que en su tránsito al otro mundo no sufriera. Todos lo pasamos muy mal, formaba parte de nosotros, su muerte nos arrancó un pedazo de alma a todos.

Hace unos meses empezaron a obrar una pequeña rotonda un poco más abajo de casa. A ver qué adorno nos ponen esta vez, una fuente horrorosa o un botijo de canto, que hay que ver cómo se esmeran algunos ayuntamientos por poner la glorieta más fea posible. Ya estaba terminada, sólo faltaba poner lo que fuera que fuese a ir allí enmedio, y un día volvía del trabajo conduciendo mi coche y, claro, tuve que pasar por la rotonda en cuestión, y vi que habían puesto una estatua de mármol, una estatua que, según me acercaba, iba tomando forma ante mis ojos. Y mientras mis ojos la miraban atónitos, sentí cómo mi corazón se aceleraba salvaje al reconocer la figura. Era una perfecta representación de un delfín saltando sobre las olas y, sobre su lomo, cabalgando, la figura de un niño. Casi me estrello contra una farola.

Después me enteré de que la composición estaba dedicada a los donantes de sangre que, como mi delfín, habían salvado anónimamente a tantas personas sin pedir ni esperar nada a cambio. Y lloré en privado, como lo estoy haciendo ahora mientras escribo, emocionada porque, sin saberlo, hubieran rendido homenaje a mi delfín, a mi Salvador, en esa alegoría tan perfecta.

Hace ya más de dos años de su desaparición. Pero hoy no podía dejar pasar la oportunidad de dedicar yo misma un homenaje al que tantas cosas me enseñó, al que tanto me ayudó, al que tanta ilusión volcaba en todo lo que hacía, ya fuera nadar, cantar, componer, escribir, donar sangre o arreglar una tubería con varios puntos de soldadura. Al que me dió la vida y veló por ella mientras pudo. A mi Salvador, mi referencia en mi vida, mi padre.

Mi delf�n

 

3 Responses to “Un cuento para él”

  1. Quécuriosa Says:

    Gracias. Produce pudor reconocerlo, pero he llorado a tu lado. Gracias por compartirlo, te honra. :-) ) Leeré en silecio, desde el respeto que merece. Un abrazo, a los dos

  2. Raksha Says:

    buf. se me ha tenido que meter algo en el ojo, no sé… qué maravilla haber tenido algo así. besos.

  3. cronopio55 Says:

    Un abrazo póstumo a tu delfin, que te dió el relevo para que ahora nos emociones.


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