CAPÍTULO II
Mauricio se lo dijo a Toni, a quien le pareció estupendo ya que, así, quieras que no, le serviría de distracción. Y así fue que el primer día se presentó en casa de Marga, dispuesto a darle la primera lección de guitarra. Había bajado del taxi, y subió el segundo piso según la dirección que le habían dado. Él ya sabía que su amiga estaba de vacaciones y que se había marchado a su pueblo con la familia. Marga le abrió la puerta, invitándole a entrar.
-Hola, pasa.
Ya en el saloncito le señaló la guitarra mientras decía:
-Seguramente que estará desafinada.
-Lo más seguro -le contestó él.
-¿La afinas mientras me ducho? Es que acabo de llegar y no he querido hacerlo hasta que tú llegaras. Esta mañana he pasado un calor bárbaro.
-Claro, mujer -mientras hablaba se había sentado en el sofá.
-En un momento estoy lista.
Mauricio la vio cómo desaparecía por el pasillo, impregnando el ambiente de una prodigiosa sensación de placer. Su desenvoltura lo atraía y su emanación le incitaba. Afinó la guitarra, comenzando poco a poco a desgranar notas. Hacía tiempo que no tocaba. Sin darse cuenta se fue entusiasmando.
Al cabo de unos diez minutos vio de reojo cómo ella lentamente se iba acercando hasta quedar frente a él. Luego se agachó quedando casi de rodillas. Su boca entreabierta y su mirada perpleja denunciaban su admiración. Su blusa entreabierta dejaba ver la tersura de sus bien formados senos. Mauricio volvió los ojos hacia los trastes de la guitarra, donde sus dedos ágiles y ávidos de notas se movían alegres. Luego, con cierto tono de guasa, le dijo:
-Te vas a resfriar.
Durante unos segundos vio en la expresión de su rostro que no le había comprendido. Después, no sin un asomo de aturdimiento, acabó de abrocharse diciendo:
-¿Cuándo podré yo tocar así? No creí que lo hicieras tan bien.
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Al quinto día, aparte de ser una excelente discípula, resultó ser una extraordinaria compañera. Afable, divertida, y portando una simpatía que parecía ser innata en ella. Además, seguía prendado de su elegancia.
Eran las seis de la tarde. Ella dejó de tocar.
-Nunca lo haré como tú. Lo tuyo es un don.
-Que yo intento transmitirte. Dame la guitarra. Cuando ya sepas más e interpretes alguna melodía que te guste mucho, entorna los ojos y, así, casi cerrados, arranca de tu corazón parte de lo que sientes y llévalo a las cuerdas. Pero, de momento, aún te queda mucho camino por recorrer.
-Ya lo sé. Pero sigo diciéndote que lo tuyo es un don.
Él la miró sonriente.
-El único don que de verdad tengo yo es el poder de la sugestión.
-¿Sugestión? Explícate.
-Verás. Nunca lo he usado para fines que me beneficiaran. Siempre lo he experimentado en alguna reunión de amigos para pasar el rato, ¿comprendes?
-Te sigo, pero no te comprendo.
-Ahora te explico. Es una variante, por decirlo de algún modo, de la hipnosis. Hay que estar completamente en silencio y bajo una concentración al límite de lo sobrenatural. Luego, dependiendo del sujeto, me apodero de su voluntad hasta el extremo de que no es capaz de moverse. No está hipnotizado, pero no puede ni mover un brazo.
Marga lo miró entre interesada y recelosa.
-Perdona que lo dude, pero no… no me lo acabo de creer.
-¿Qué quieres decir? ¿Que soy un embustero? ¿Quieres que lo pruebe contigo? -él había puesto a su voz un tono grave.
Tras unos segundos que Dios sabe lo que pensaba, le respondió:
-¿Por qué no? Si esto es verdad, tendré una experiencia que no se la va a creer nadie. Empieza.
Mauricio se puso de pie, dejando la guitarra en el sofá.
-Primero vamos a poner un pañuelo en el suelo. Tú pisarás una punta y yo otra. Cuando yo crea que estás en trance, te diré que me toques la cara. Ya verás que te será imposible.
-De acuerdo.
-Entonces, voy a poner el pañuelo en el suelo. Pero aquí no, que hay mucha luz. A ver….. al principio del pasillo.
Mauricio puso el pañuelo al principio del pasillo. Ella pisó una punta, quedando de pie toda expectante a que él se concentrara en sus ojos. El hombre se ladeó un poco y, cogiendo la puerta de cristales, la cerró, quedando de ese modo la mitad del pañuelo en la parte del pasillo y la otra mitad en la parte del salón. Luego la miró a través de los cristales mientras pisaba la otra punta del pañuelo.
-Ya puedes tocarme la cara. Inténtalo.
Lo primero que le contestó fue que se marchara al cuerno. Había caído en la broma hasta el cuello por lo que, riendo y sintiéndose como un inocente conejillo, abrió la puerta apoyando su cabeza en el pecho de él, desahogando con pequeños golpes de sus puños el bochorno que sentía.
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