La ilusión es lo último que se pierde

las palabras del delfín

Dalia (Capítulo III) Agosto 30, 2007

Archivado en: Dalia, Novela — illyakin @ 7:25 pm

Pasaron tres días más y cambiaron los horarios. Él la esperaba a que saliera de la boutique para después comer juntos en un bar. Luego se iban a la casa y allí estaban hasta las siete, para irse después con Toni.

-Vamos a dejar la clase. ¿Qué hora es?

-Las cinco y media. ¿Estás cansada?

-No es eso. Es que me apetece hablar.

-Me parece muy bien. Hablemos de ti.

-¿De mí? ¿Qué quieres saber?

-De momento sólo sé que eres huérfana, que te recogió Dolores, la dueña de la boutique, que vives con tu amiga, que nunca has tenido novio formal, y también sé cómo te llamas. Ahora cuéntame alguna experiencia tuya.

-¿Experiencia? No he tenido ninguna, y me refiero a lo sentimental. Me basta con saber las experiencias de las demás mujeres.

-No lo comprendo. Con tu forma de ser y tu… belleza, finura… No lo comprendo. ¿Qué es lo que quieren los jóvenes?

Marga sonrió.

-Eso no quiere decir que no haya tenido pretendientes. Lo que ocurre es que ninguno de ellos me ha llenado lo suficiente.

-¡Ah, vamos! Eso me tranquiliza. De pronto había pensado que los jóvenes de esta época no tienen ojos en la cara.

-Y algunos tienen más cara que ojos.

Mauricio sonrió.

-¿Por qué lo dices? Algo te habrá pasado.

-No tiene importancia.

-Pues yo quiero saberlo.

-No fue nada. Eso sucedió hace un año. Entonces yo vivía con Dolores y había fiesta en la casa. Preparé en la cocina algunos platos de repostería. Cuando acabé, cogí dos grandes fuentes llenas de dulces y salí al pasillo para llevarlas al comedor y, en mitad del pasillo, vi que se acercaba uno de los invitados, que era otro joven de mi edad. Iba deprisa. Yo, para dejarle pasar, apoyé la espalda a la pared abriendo los brazos para que no tropezara con las fuentes y no me las tirara al suelo. Al llegar a mi altura dio un frenazo en seco, se volvió hacia mí y, sin pensarlo, me dio un largo beso. No tuve capacidad de reacción. Con las dos manos ocupadas, aguanté el tirón hasta que a él le dio la gana. Después siguió su camino hacia la cocina como si no hubiese ocurrido nada.

Mauricio volvió a reír.

-Pareció un buen principio, ¿no?

-Sólo pareció. La fiesta siguió en paz y todo se desarrolló normalmente.

Por unos momentos, Mauricio se recordó a sí mismo en sus buenos tiempos de joven. Luego, mirándola, por unos instantes la contempló desde otra óptica y terminó erizándose. Ya tenía cuarenta y ocho años, y un espejo para hacérselo recordar.

*****

Era ya veinte de julio. Como todos los días, habían comido juntos y marchado después a la casa para la siguiente lección de guitarra. Sin embargo, había algo en el entorno que no encajaba. Estaban tensos.

Mauricio se levantó mientras ella ensayaba otro acorde. Salió al balcón y fumó un cigarrillo. Al regresar junto a ella la vio que tenía el método de música abierto sobre la mesita. El hombre lo cogió.

-De eso nada. Cuando ya no esté yo, puedes hacer lo que quieras; pero, de momento, practica lo que te he enseñado.

-Pero si sólo es para comprobar una cosa. Dámelo.

Mauricio dio un paso atrás escondiendo el libro tras de sí.

-Te digo que me lo des. Es sólo un momento.

Él negó con la cabeza.

Ella se levantó y trató de quitárselo. Sus brazos le rodearon el cuerpo intentando llegar con las manos al libro. Sus rostros quedaron muy cerca.

No hubo titubeo. Ella se había quedado inmóvil. Sin saber cómo, Mauricio sintió en su interior las notas que Chopin compusiera en su Tristeza de Amor… Y la besó.

Luego reaccionó bruscamente.

-Perdona, mejor será que me vaya.

Ella no dijo nada mientras que él se dirigía rápidamente a la puerta. Al abrirla, escuchó su nombre en los labios de la mujer. Y volvió a cerrarla. Se fue hacia ella, que no se había movido del sitio. Recogió el libro de música que estaba en el suelo y volvió a ponérselo otra vez detrás de él. Durante unos instantes se miraron en silencio. Ella comprendió perfectamente lo que se proponía.

La secuencia se volvió a repetir con más lentitud. Volvió a rodearle con sus brazos y volvieron a quedar sus rostros muy cerca… Y volvió a besarla.

Cuando se separó de ella le dijo en un susurro:

-¿Querrás casarte conmigo?

Y ella, desabrochándole la camisa, le contestó también muy quedamente:

-Ya hablaremos de eso después.

*****

 

Dalia (Cap. II) Agosto 12, 2007

Archivado en: Dalia, Novela — illyakin @ 1:18 pm

 

CAPÍTULO II

 

Mauricio se lo dijo a Toni, a quien le pareció estupendo ya que, así, quieras que no, le serviría de distracción. Y así fue que el primer día se presentó en casa de Marga, dispuesto a darle la primera lección de guitarra. Había bajado del taxi, y subió el segundo piso según la dirección que le habían dado. Él ya sabía que su amiga estaba de vacaciones y que se había marchado a su pueblo con la familia. Marga le abrió la puerta, invitándole a entrar.

-Hola, pasa.

Ya en el saloncito le señaló la guitarra mientras decía:

-Seguramente que estará desafinada.

-Lo más seguro -le contestó él.

-¿La afinas mientras me ducho? Es que acabo de llegar y no he querido hacerlo hasta que tú llegaras. Esta mañana he pasado un calor bárbaro.

-Claro, mujer -mientras hablaba se había sentado en el sofá.

-En un momento estoy lista.

Mauricio la vio cómo desaparecía por el pasillo, impregnando el ambiente de una prodigiosa sensación de placer. Su desenvoltura lo atraía y su emanación le incitaba. Afinó la guitarra, comenzando poco a poco a desgranar notas. Hacía tiempo que no tocaba. Sin darse cuenta se fue entusiasmando.

Al cabo de unos diez minutos vio de reojo cómo ella lentamente se iba acercando hasta quedar frente a él. Luego se agachó quedando casi de rodillas. Su boca entreabierta y su mirada perpleja denunciaban su admiración. Su blusa entreabierta dejaba ver la tersura de sus bien formados senos. Mauricio volvió los ojos hacia los trastes de la guitarra, donde sus dedos ágiles y ávidos de notas se movían alegres. Luego, con cierto tono de guasa, le dijo:

-Te vas a resfriar.

Durante unos segundos vio en la expresión de su rostro que no le había comprendido. Después, no sin un asomo de aturdimiento, acabó de abrocharse diciendo:

-¿Cuándo podré yo tocar así? No creí que lo hicieras tan bien.

*****

Al quinto día, aparte de ser una excelente discípula, resultó ser una extraordinaria compañera. Afable, divertida, y portando una simpatía que parecía ser innata en ella. Además, seguía prendado de su elegancia.

Eran las seis de la tarde. Ella dejó de tocar.

-Nunca lo haré como tú. Lo tuyo es un don.

-Que yo intento transmitirte. Dame la guitarra. Cuando ya sepas más e interpretes alguna melodía que te guste mucho, entorna los ojos y, así, casi cerrados, arranca de tu corazón parte de lo que sientes y llévalo a las cuerdas. Pero, de momento, aún te queda mucho camino por recorrer.

-Ya lo sé. Pero sigo diciéndote que lo tuyo es un don.

Él la miró sonriente.

-El único don que de verdad tengo yo es el poder de la sugestión.

-¿Sugestión? Explícate.

-Verás. Nunca lo he usado para fines que me beneficiaran. Siempre lo he experimentado en alguna reunión de amigos para pasar el rato, ¿comprendes?

-Te sigo, pero no te comprendo.

-Ahora te explico. Es una variante, por decirlo de algún modo, de la hipnosis. Hay que estar completamente en silencio y bajo una concentración al límite de lo sobrenatural. Luego, dependiendo del sujeto, me apodero de su voluntad hasta el extremo de que no es capaz de moverse. No está hipnotizado, pero no puede ni mover un brazo.

Marga lo miró entre interesada y recelosa.

-Perdona que lo dude, pero no… no me lo acabo de creer.

-¿Qué quieres decir? ¿Que soy un embustero? ¿Quieres que lo pruebe contigo? -él había puesto a su voz un tono grave.

Tras unos segundos que Dios sabe lo que pensaba, le respondió:

-¿Por qué no? Si esto es verdad, tendré una experiencia que no se la va a creer nadie. Empieza.

Mauricio se puso de pie, dejando la guitarra en el sofá.

-Primero vamos a poner un pañuelo en el suelo. Tú pisarás una punta y yo otra. Cuando yo crea que estás en trance, te diré que me toques la cara. Ya verás que te será imposible.

-De acuerdo.

-Entonces, voy a poner el pañuelo en el suelo. Pero aquí no, que hay mucha luz. A ver….. al principio del pasillo.

Mauricio puso el pañuelo al principio del pasillo. Ella pisó una punta, quedando de pie toda expectante a que él se concentrara en sus ojos. El hombre se ladeó un poco y, cogiendo la puerta de cristales, la cerró, quedando de ese modo la mitad del pañuelo en la parte del pasillo y la otra mitad en la parte del salón. Luego la miró a través de los cristales mientras pisaba la otra punta del pañuelo.

-Ya puedes tocarme la cara. Inténtalo.

Lo primero que le contestó fue que se marchara al cuerno. Había caído en la broma hasta el cuello por lo que, riendo y sintiéndose como un inocente conejillo, abrió la puerta apoyando su cabeza en el pecho de él, desahogando con pequeños golpes de sus puños el bochorno que sentía.

*****

 

 

Dalia Agosto 3, 2007

Archivado en: Dalia, Novela — illyakin @ 11:59 pm

Primera parte

CAPÍTULO I

 

1 de julio de 1980.

A sus cuarenta y ocho años, Mauricio se sentía en el momento cumbre para pensar que ya lo tenía hecho todo en la vida, y que solamente vegetar y verlas venir eran su meta.

Ya había salido del profundo y largo túnel en el que había estado sumido desde la muerte de Irene, su mujer, ocurrido hacía diez años en un fatídico accidente de circulación en Cartagena; y ahora, a la salida de aquel túnel, comprobaba que, a pesar de sonreirle la vida tanto en lo económico como en lo familiar, el sol no brillaba como antes, y ni la poesía ni la música tenían aquella magia que lo enamoraba y le había hecho ser tan feliz.

Desde hacía dos años había estado escribiendo sus memorias. Sonrió, dándose perfecta cuenta de que no eran precisamente unas historias con un contenido que despertara algún interés particular. Era sencillamente su vida. El único estímulo que había tenido era que algún día lejano las leyesen sus biznietos y demás descendencia.

Esas historias las acompañaba con fotos de la época en la que se iban desarrollando, para que resultara más amena su lectura. Instintivamente las había escrito para distraerse y para apoyar la idea de que todo hombre tenía que escribir un libro.

Pero Mauricio se equivocaba en algo. A sus cuarenta y ocho años, aún seguía teniendo un atractivo muy personal para las mujeres, por su físico, por su mirada y por la tonalidad de su voz. Unido esto a su manera de ser, formaba un cómputo de cualidades, haciendo que resultara agradable su compañía.

El tren llegó por fin a Madrid, y en la estación le estaba esperando su hijo Toni. Estaba muy orgulloso de él. Después de abrazarlo, cogieron un taxi que los llevó a la pensión donde vivía. Aún era pronto para sacar conclusiones sobre aquel trabajo, pero estaba contento. Había que darle tiempo al tiempo. Había terminado la carrera de Derecho y estaba a prueba en una empresa. Se había librado del servicio militar y, a sus veintitrés años, comenzaba a volar por esos cielos de Dios.

-¿No te aburrirás, papá? ¿Qué vas a hacer hasta las ocho de la tarde cuando salga yo? –le había dicho con cierta pesadumbre.

-No te preocupes, Toni. Aparte de recorrer y visitar Madrid, tengo la dirección de un viejo amigo de Cartagena que vive aquí desde hace muchos años. Lo visitaré. También tengo viejas amistades. Ten en cuenta que hemos vivido aquí mucho tiempo.

Aquel primer día lo pasaron juntos recordando sitios de la ciudad. Comieron donde encartó y hablaron de muchas cosas.

Al levantarse al día siguiente y lanzarse a pasear por aquellas avenidas, tuvo una sensación de relajamiento que le hizo sentir bien. Hacía calor, pero él iba a gusto. Comió e hizo tiempo para ir a visitar a su amigo. Iría a las seis de la tarde. Efectivamente, a esa hora tomó un taxi y, dándole la dirección, le llevó a su domicilio. Era en un quinto piso.

Cuando le abrieron la puerta, pudo observar que estaban de fiesta. Algunos chiquillos corrían por el pasillo.

-Buenas tardes. ¿Está Mario?

La mujer, una señora de casi cincuenta años, le contestó:

-Sí, sí está. ¿Qué desea? ¡Pero si eres Mauricio!

Los primeros momentos fueron muy efusivos. Mario y él estuvieron abrazados por lo menos un par de minutos. Luego le presentó a su hijo y a su nuera, a un matrimonio vecino suyo y a una joven de unos veinticinco años. Marga.

La fiesta era por el cumpleaños de su nieto. Tres años había cumplido. Los dos pequeños de la vecina eran demasiado inquietos, por lo que tuvo lugar algún que otro pescozón propinado por el padre.

Al cabo de casi una hora de hablar y de tomar unas copas y algunos dulces, Mauricio salió a la terracita aprovechando unos momentos en que se había quedado solo. Abajo estaba la calle con su buen tráfico.

-Vaya jaleo que arman los críos, ¿verdad?

Era la joven Marga quien hablaba.

-Desde luego. Y eso que el padre está al quite. ¿Tú eres vecina?

-No, soy amiga de la familia. La dueña de la boutique donde trabajo y Cari, la mujer de Mario, son íntimas amigas, y de ahí viene mi amistad con ellos. Yo no sabía nada de esta fiesta, pero he venido para traerle unas cosas a Cari y aquí estoy. Ahora tengo las tardes libres porque están de reparaciones en la tienda. Sólo voy por las mañanas para organizar un poco los géneros.

Pasaron unos momentos de silencio mirando el tráfico. Mauricio pudo observar que aquella joven tenía algo que atraía, al margen de su juventud y belleza. Indudablemente era su elegancia.

-¿Echas de menos Madrid?

Mario se les había unido en la terracita.

-Bastante. Ten en cuenta que han sido muchos años los que he vivido aquí. Pero prefiero Cartagena.

-Cartagena es más tranquila. ¿Llegaste a montar el negocio?

Mauricio había sacado un paquete de Nobel, invitando a Marga y a Mario. Al acercar la llama de su encendedor al cigarrillo de la joven, la miró a sus anchas. Era sencillamente bellísima. Luego contestó a su amigo.

-Sí. Mi cuñado Andrés, que es el hermano de Irene, me animó y abrimos un local de electricidad.

-¿Puedo hacerte una pregunta?

Mauricio sonrió. La pregunta la veía venir.

-Puedes hacerla.

-¿Has pensado en casarte de nuevo? Aún eres joven.

Tras unos momentos de silencio contestó a su amigo, no sin antes mirar de reojo a Marga. Tal vez si no hubiera estado ella hubiera sido más tajante.

-Yo no mido la juventud por los años, porque a mi edad más bien entra el motivo de la conveniencia. Alguien que me cuide y que yo cuide no es suficiente para mí.

Marga iba a hacer una observación, pero calló. Hábilmente quedó a la expectativa.

-No te comprendo, Mauricio. ¿Qué es lo que quieres?

-Enamorarme, amigo mío. Enamorarme.

Mario le echó su brazo por encima de los hombros, mirando la ajetreada calle.

-Pues enamórate. Pero tendrás que alternar, ¿no? ¿Tú que dices, Marga? Desde el punto de vista de una mujer, ¿qué puedes decir?

-¿Yo? –la joven sonrió-. La verdad, no quisiera parecer una mujer suficiente o con mundología, pero el tema del amor es muy complejo. Tiene que haber una mutua condescendencia; asumir los defectos del otro, coincidir en gustos o aficiones, y muchas cosas más que dejan al posible amor un poco indefenso. Por saber algo de ti, Mauricio. ¿Cómo consideras al amor?

-Algo sublime.

Su tajante respuesta fue sincera. Esa fue la impresión y así era en realidad. Mario, que se había quedado sorprendido por las palabras de Marga, apuntó dirigiéndose a Mauricio:

-Creo que esa forma de pensar tuya tiene que ser mutua. Porque si la mujer de la que tú te enamores no tiene esa opinión y es más realista, no hay arreglo. Yo pienso como Marga.

Mauricio encendió otro cigarrillo. Normalmente no fumaba tanto. Luego contestó, queriendo poner punto y final a la conversación:

-Es que, si yo me enamoro, es porque he encontrado en esa mujer los valores necesarios para vivir felices. Y vamos a dejarlo, porque esto es un problema mío.

-Como quieras.

Mario cambió de conversación, sugiriendo tomar asiento en los silloncitos de la terraza. En aquel momento se les acercaba Cari con unos vasos de sangría sobre una bandeja, que ellos acogieron de buen grado. Luego continuó:

-¿Te acuerdas de aquellos bailes que organizabais con la rondalla? Qué bien que lo pasábamos. Nunca aprendí a tocar la guitarra. Tú, además, tocabas el laúd.

-Así es.

Marga entró en la conversación con un deje de entusiasmo.

-¿¡Sabes tocar la guitarra!?

-Sí, ¿por qué?

-Es que… mi amiga y yo tenemos una y estamos aprendiendo en nuestros ratos libres. A las dos nos entusiasma.

-¿Vais a alguna escuela?

-Qué va. Aprendemos con un método.

-Así nunca llegaréis a saber tocar. Tenéis que ir a una escuela.

-¿Tú aprendiste en una escuela?

-Pues no, la verdad. Pero me enseñó un amigo que sí había ido a una. Se puede decir que era un profesor.

A Mario se le encendieron las ideas, dejándolos un tanto en el aire.

-¿Por qué no le das unas clases durante estos días que vas a estar aquí?

A partir de ese momento estuvieron hablando del tema durante una media hora, quedando al final en que Mauricio iría a su casa a las cinco de la tarde. Estaría con ella dos horas y después se iría para estar con Toni.

Poco después se despedía de todos.

*****

 

 

Cuarenta años Agosto 3, 2007

Archivado en: Canciones — illyakin @ 12:41 pm

Una blanca paloma a mí me enamoró

y esa blanca paloma a mi vuelo se unió.

Volamos sobre el cielo de cada región,

yo mantenía las velas y ella el timón.

Cuarenta años de amor

que brillan como una llama

hemos vivido tú y yo

por los caminos del alba.

Viviendo con ilusión

siempre con una esperanza

luchando con decisión

cantando una balada.

Tú tienes todo mi amor

yo tengo toda tu alma

yo duermo en tu corazón

tus sueños son mi almohada.