La ilusión es lo último que se pierde

las palabras del delfín

Dalia (Capítulo VII) Enero 20, 2008

Archivado en: Novela — illyakin @ 11:15 pm

Cartagena, 15 de agosto de 1980. Las seis de tarde.

Toni llamó a la puerta de la casa de su padre, reprimiendo el deseo de hacerlo con insistencia. Era por naturaleza educado, ciñéndose normalmente a los cánones de la sociedad. Dejó pasar varios segundos y, al cabo, viendo que no abrían la puerta, mandó el cuerno sus gentiles maneras, organizando con el timbre un verdadero escándalo. La matraca hizo su efecto rápidamente. La puerta se abrió, apareciendo su tío Carlos con cara de pocos amigos, abrochándose los botones de los pantalones cortos y con una zapatilla de menos. El improperio se quedó a la mitad del camino al ver a su sobrino.

-¡Toni! ¡Me dan ganas de machacarte!

Mientras se desahogaba hablando, lo abrazaba con verdadero cariño.

-Me has pillado en el aseo y todavía tengo la mitad del resuello en el vientre.

Toni sonreía mientras cerraba la puerta tras de sí. Luego entornó los ojos, dejando con placer que la agradable temperatura del aire acondicionado le invadiera por toda su piel.

-Pero chico, cómo vienes. Están empapado de sudor.

Toni se quitó la camisa.

-Por eso tenía tanta prisa por entrar en la casa, ¿qué te crees? Desde Madrid y conduciendo un coche sin refrigeración es para reventar. ¿Y mi padre?

-Ahí está, con la pata tiesa.

Toni entró en el salón, descubriendo a su padre sentado junto al ventanal que daba al jardín. La vivienda era un chalé adosado situado en las afueras de Cartagena. Luego miró la pierna derecha escayolada. Mauricio miró a su hijo con un brillo de alegría en sus ojos mientras le abría sus brazos. Toni lo abrazó, sentándose a su lado.

-¿Qué te parece el panorama, sobrino? -Carlos se había sentado junto a ellos después de recoger su zapatilla-. Aquí tienes a tu padre, dándoselas de marqués.

-Ya lo veo. ¿Pero cómo sucedió exactamente?

-Pues sencillamente que me caí de la escalera. Estaba en la tienda tratando de coger unos relés que estaban en la última estantería y se me fué el cuerpo. La fractura ha sido en el tobillo. Nada serio.

-Y también tiene contorsión en el fémur hasta la altura del codo -terminó de aclarar Carlos-. Porque tu padre se cayó a lo bestia sobre unas cajas que contenían motores, y aún no me explico cómo no se rompió la crisma, porque la escalerita tiene su altura.

Mauricio miró a su hermano con gesto paciente.

-No le hagas caso, Toni. Tengo algunas magulladuras y eso es todo. No tenías que haber venido con el calor que hace.

Toni sonrió y, levantándose lentamente, dijo bajando un poco el tono de su voz:

-Primero, que no sabía con exactitud lo que tenías. Y, además, es que tengo algo importante que deciros. Pero ahora me voy a duchar.

-¡Eh, eh! -atajó su tío-. ¡No nos irás a dejar con la miel en los labios!

Toni miró a los ojos de su padre que, todo expectante, más bien suplicaban.

-Está bien. Pues que me han hecho fijo en la empresa y me van a trasladar a Barcelona. Voy a ser uno de sus abogados.

Mauricio y Carlos corearon con alegría aquella noticia. Todo había sucedido relativamente pronto, la situación de Toni se estabilizaba.

* * * * * * *

Ya había transcurrido una hora y las conversaciones giraban en torno a los asuntos familiares.

-¿Vas a ir a ver a tus primos? -era Mauricio quien preguntaba a Toni.

-Ahora iré. ¿Y tú? ¿Has acabado el libro de tus memorias?

-El final está todavía calentito. Cuando volví de Madrid el uno de agosto lo terminé. ¿Te lo llevarás?

-Pues claro, ya lo leeré en mis ratos libres.

-Cuídalo, que quiero que también lo lean mis posibles descendientes -Mauricio hizo un gesto filosófico-. Una vez leí que el hombre tiene que hacer algo digno de ser escrito o escribir algo digno de ser leído. Mi pena es que no me enmarco en ninguna de estas dos razones.

-¿Qué quieres decir? -saltó Carlos como un resorte-, ¿que no merece la pena leerlo? Tú has escrito un libro, cosa que no todo el mundo hace.

Mauricio asintió dibujando una sonrisa de complacencia. Su estímulo era inapreciable. Luego cambió de conversación.

-¿Quieres traer unas cervezas?

Carlos se levantó.

-Para eso estoy. Y mi mujer sin llegar. Menuda alegría que le vas a dar a tu tía Carmen.

Desde el día del accidente, su hermano y su cuñada se habían instalado en su casa para atenderlo hasta que se puediera valer por sí mismo. Carlos marchó a la cocina, volviendo con tres cervezas. Luego le guiñó un ojo a Toni mientras le decía:

-¿Sabes cuáles son los proyectos de tu padre?

Toni bebió un buen trago.

-No tengo ni idea. ¿De qué se trata?

-Va a estudiar solfeo -en el tono de su voz se podría apreciar un asomo de guasa. Mauricio, que ya había bebido también su buen trago, miró a su hermano como perdonándole la vida.

-Eres un mendrugo, Carlos. Ni comprendes ni asumes los gustos de los demás.

-Yo sí que te comprendo, papá. Quieres estudiar solfeo para poder escribir tus canciones.

-Muy bien, hijo, has acertado. Y, resumiendo, diré que tengo una edad en la que ya he vivido lo suficiente como para escribir mis memorias, y juventud para seguir aprendiendo cosas.

-No lleves mis palabras a los Cerros de Úbeda. Te doy la razón y con ello quiero decirte que no soy ningún medrugo -el tono de Carlos era condescendiente-. Pero es que hay cosas prioritarias. Lo que tienes que hacer es casarte y bajar un poco de las nubes.

Toni miró a su tío. No quería encontrarse con la mirada de su padre. Mauricio dio un suspiro tratando de reconfortarse.

-Llevas razón, Carlos. Si esto me lo hubieras dicho hace unos meses, me hubiese enfadado. Ahora… ahora no. De verdad que lo he pensado.

-Me gusta que opines así. Como dice el título de la película, “No es bueno que el hombre esté solo”. ¿Y con quién te vas a casar?

-Joder, Carlos, sólo lo he pensado.

-Pues yo no te voy a buscar novia, que tú para encontrarla eres especial. ¿Has contado en tus memorias todas tus aventurillas?

Mauricio lo miró sonriente.

-Si te quieres enterar, las lees.

-Claro que las voy a leer. ¿Cuándo vuelves a Madrid, Toni?

-He pedido tres días de permiso.

-Bien. Las leeré en estos días.

Mauricio se rebulló en su asiento.

-Qué quieres que te diga, hermano. Ya sé que no eres tan mendrugo como quieres aparentar, pero desconozco el grado de tu verdadera sensibilidad.

-Soy como cualquier persona, lo que pasa es que no soy tan nostálgico como tú. Tú disfrutas recordando y, en parte, eso no es bueno.

Mauricio pensó que su hermano llevaba mucha razón.

Pocos minutos después, Toni se marchaba para visitar al resto de la familia.

Aquella noche, mientras todos dormían, Carlos cogió las hojas encuadernadas que contenían las memorias de su hermano y, sentándose en un sillón, las abrió con lentitud, dando inconscientemente un gesto de solemnidad a aquel momento.

Al aparecer ante sus ojos las primeras líneas, sintió un ligero escalofrío. Era el título.

 

Dalia (Capítulo VI) Noviembre 11, 2007

Archivado en: Dalia, Novela — illyakin @ 7:47 pm

Cuando, una hora después, Mauricio se hubo marchado, Marga y Géminis se abrazaron dando saltos de euforia. El asunto había salido que ni bordado.

- Todo ha salido bien porque hemos dado con la persona idónea -aclaró Marga-. Pero, ¿quién te ha hecho de verdad ese tinglado en la cara?

- ¿Quién va a ser? El bruto de Braulio. Fui a los billares y le provoqué donde no le duele.

- ¿Y dónde no le duele a Braulio?

- En los cuernos, mujer. Dicen que no duelen, pero irritan.

- Qué bestia eres.

- Había que hacerlo bien. No creo que Mauricio dé marcha atrás. Lo tenía muy asumido.

- Has estado fabulosa.

- Gracias. ¿Qué vas a hacer tú?

- Qué voy a hacer de qué.

- Pues de la propuesta de matrimonio.

- ¿Qué quieres que haga? Me esconderé. Cuando venga mañana por la tarde, tú le darás unas letras que yo escribiré. Y ahí se acabará la película.

Géminis se acarició el pómulo. Ya no le dolía tanto. Marga había traído unas cervezas y se habían sentado en el estar.

- ¿Y el tema de su hijo? ¿Lo llevamos adelante?

Marga quedó indecisa.

- ¿Te da miedo?

- Puede. ¿Te das cuenta de que es la primera vez que nos hemos metido en algo de envergadura? Lo del hijo es aún más sofisticado. Primero tiene que enamorarse de mí.

- De ti se enamora cualquier hombre.

- Bueno. Pero después tiene que gustarle también a él el piso para que me dé el dinero de la entrada.

- Tú aportarás otro millón y no puede sospechar nada, por muy abogado que sea.

- ¿Y si no tiene el millón?

- Claro que no lo tendrá. Pero lo tendrá su padre. Eso está claro. Y el piso a quien tiene que gustar es a ti, que para eso serás su palomita.

- Vale. Ya hablaremos más adelante para perfilar los detalles. Mañana tarde lo seguiré para conocer a su hijo y saber dónde trabaja. Me tendrás que dejar tu coche.

- Pues claro. ¿Quieres que me ponga en contacto con el “intelectual”?

- Todavía no. Hasta que no esté la cosa más clara no hablaremos con él. El asunto del papeleo es para el final.  De momento, mañana cuando Mauricio te traiga el talón, vas a la boutique para decírmelo. Si todo sale bien como esperamos, pediré unos días de vacaciones hasta que él se haya ido a Cartagena. Tendré que perderme del mapa. Eso de tener que decirle que es ya una persona mayor sería desagradable. Por mucho que lo disfrazara.

Géminis se recostó en el asiento. Luego observó cómo Marga, reclinándose en el sofá, se despojaba de la falda tendiéndose boca abajo. Seguramente que el joven de los prismáticos estaría ya en su ventana.

*****

 Mauricio llegó a la casa de Marga. La había estado esperando durante una hora para comer y su tardanza le resultaba anormal. Algo tenía que haber sucedido. Aquella mañana había estado allí para darle a Géminis el talón por un millón de pesetas.

Llamó al timbre, abriéndose poco después la puerta.

- ¿Y Marga?

Géminis lo invitó a entrar.

- No está, Mauricio. Pasa.

Mauricio se quedó en el recibidos. Su gesto era adusto.

- ¿No sabes dónde está?

- Se ha marchado dejándome esta nota para ti.

Mientras hablaba, la joven había sacado un papel de un cajón de la consola.

Mauricio lo cogió rápidamente, leyendo lo que era toda una brutal despedida.

“Adiós, Mauricio. Jamás te olvidaré”.

Llevaba su firma.

Pero también llevaba una carga de vacío, sintiéndose incapaz de apoyar sus ideas.

Quiso decir algo, pero resultó inútil. No sabía qué decir.

Géminis lo vio marchar, sintiendo que un nudo le oprimía la garganta. Aquel hombre no se merecía aquella jugada…

Pero así era el mundo. Inhumano.

 

Dalia (Capítulo V) Octubre 3, 2007

Archivado en: Dalia, Memorias — illyakin @ 7:17 pm

-Parece que no tienes muchas ganas de comer.

Marga dejó el tenedor sobre el plato negando con la cabeza.

-Yo tampoco. Este es el mismo lugar de siempre, pero nosotros no somos los mismos.

La joven agachó la cabeza. Después, pensándolo mejor, la levantó mirándolo a los ojos.

-Déjame pensarlo, Mauricio. Me da miedo no saber hacerte feliz. Esto es muy serio.

-Yo sé lo que te pasa y es inevitable. Tú eres muy joven y yo voy camino de los cincuenta.

Marga agarró la punta del cable que se le escapaba.

-Si piensas así, ahora mismo me levanto y me voy.

-¿Qué te pasa?

La joven adelantó un poco el busto.

-¿Y tú entiendes el tema? ¿Es que yo no sabía ayer la edad que tienes?

Mauricio quedó desconcertado. Ella continuó hablando con reproche.

-Te he dicho antes que me da miedo no hacerte feliz. Estoy considerando mi forma de ser para llegar a estar segura.

-Te comprendo, pero me cuesta admitirlo. Ponte en mi lugar.

Ella asintió levemente.

-De acuerdo. Comprendo tus prejuicios, pero aquí el centro de la cuestión y la única realidad es mi temor. Si nos casamos y no supiera hacerte feliz es que… todo me resultaría un infierno. Dame algo de tiempo.

Mauricio cogió su mano, aprentándola lo justo para que resultara una caricia.

-Hasta final de julio. El uno de agosto vuelvo a Cartagena. Y, si de verdad me quieres, no lo pienses mucho.

Ella lo miró poniendo una expresión de ternura en sus ojos.

-Te contestaré antes de que te marches. Y presiento que lo haré en la más absoluta intimidad.

-No digas eso -la seriedad del hombre era visible-. Piénsalo, pero no lo digas.

Ella se dio cuenta de su error.

-Llevas razón. Perdona.

El volvió a acariciar su mano. Luego susurró:

-Para mí las ilusiones tienen tanta fuerza y tanta vida como la misma relidad. Pero yo elijo mis sueños y yo los vivo. La esperanza no entra en mi sistema. No sé si me comprendes.

-Por supuesto que sí. ¿Por qué si no tengo ese miedo?

Mauricio esbozó una sonrisa.

-Bueno. Mi extremo está a la vuelta de la esquina. No creas que soy tan radical como tú crees que soy. Tal vez algo…

-¿Sublime? -interrumpió Marga.

-No exageres. Tal vez algo soñador.

Marga entornó los ojos.

-¿Eres poeta?

-En el sentido literal, no. He escrito algo como cualquier persona que le guste la poesía, pero no lo soy.

-Sin embargo, me da la impresión de que la vives. Creo que siempre tienes un motivo para sentirla cerca de ti.

Mauricio sonrió.

-¿Te gusta en mí esa faceta?

-Si lo dices con énfasis, no.

-No lo he dicho con énfasis.

-Entonces, como a cualquier mujer, sí. Claro que me gusta.

-Te escribiré una. Cuando sea mi noche, en tu luz encontraré la rima.

Habían guardado silencio mirándose fijamente.

Marga se dio cuenta de que estaba viviendo unos instantes de confusión, no dándose prisa por despertar. Jamás había notado aquella sensación. Aunque sólo fuera unos instantes.

Media hora después marchaban a la casa de la joven para la siguiente lección de guitarra.

* * * * *

Al abrir Marga la puerta de la casa, lo primero que se encontraron fue el suelo lleno de objetos esparcidos y rotos. Figuras de adorno, sillas, y hasta un cuadro. Al fondo del salón, sentada sobre un sofá, Géminis lloraba al límite del histerismo. Al ver a Marga corrió a su encuentro, abrazándola e irrumpiendo con un frenético terror.

-¡Me van a matar, Marga! ¡Me van a matar!

Marga casi le chilló.

-¡Serénate, Géminis! ¿Qué ha pasado?

Mauricio, algo nervioso, había cerrado la puerta mientras las dos jóvenes se dirigían de nuevo al sofá. Al sentarse y alzar el rostro, Géminis dejó al descubierto su maltrecho pómulo con un hematoma que le llegaba cerca del ojo, a la algura de la sien. Por una pequeña brecha brotaba un hilillo de sangre.

-¿Pero quién ha sido, Géminis? ¿Quién te ha pegado?

Mauricio se había sentado en un sillón frente a ellas esperando, confuso, a que la joven se explicara.

-Me quieren matar -lloriqueó.

-Pero, ¿por qué?

Géminis miró a su amiga. Marga; comprobando que el hematoma era real y de considerable gravedad, optó por ir al aseo en busca de agua oxigenada para curar la herida, indicándole a la vez a Mauricio que trajera unos cubitos de hielo del frigorífico. Mientras aliviaba el descalabro, Marga la miró recriminando tal vez su exagerada actuación. Al cabo le volvió a pedir que se explicara.

-Se trata de mi hermano.

-¿Pues no está en un centro de rehabilitación?

-Sí. Bueno. Este hombre es Mauricio, ¿verdad?

-Sí, es Mauricio. Habla.

Géminis, que mantenía la bolsita de hielo sobre su pómulo, intentó poner al corriente de la situación a su amiga, llevándose de vez en cuando un pañuelo a los ojos para secarse las interminables lágrimas.

-Verás. Cada vez que mi hermano se encuentra en el paro porque se le acaban los contratos, se engancha en la droga. Es inevitable. Pero esta vez ha sido peor, ya que se metió en enjuagues haciendo de camello y llenándose de problemas hasta los ojos. El caso es que esta gente me piden que les devuelva unas bolsas de coca o un millón de pesetas. Y esa droga no la tiene mi hermano, ¿comprendes? No la tiene él. Se la devolvió a uno de ellos y ahora éste se la ha apropiado. El muy hijo de puta…

-Y ellos creen que la tienes tú.

-Eso es. Y el asunto está en que si no les devuelvo la droga o les doy el millón, me van a matar como hicieron con Belinda.

Mauricio arguyó débilmente:

-¿No puede hacer algo la policía?

-Nada en absoluto. Ellos tienen sus limitaciones. Tienen que cogerlos in fraganti. Esto es una mafia, Mauricio. Una mafia organizada que incumbe también a peces gordos -Géminis volvió a llorar-. Y me han dado veinticuatro horas de plazo. ¿Qué hago, Marga? Yo no tengo nada.

Marga le acarició el pelo.

-Algo pensaremos, Géminis. Aunque, la verdad, no sé qué es lo que hay que pensar. No tenemos ninguna propiedad que nos avale ni a nadie solvente a quien recurrir.

-¿Y si yo te llevara a Cartagena? Saldríamos de noche.

Géminis miró a Mauricio cariñosamente.

-Tú no estás en este mundo. Ellos saben que es una posibilidad que tengo y estoy bajo una permanente vigilancia. Fíjate que nada más llegar de mis vacaciones ya me estaban esperando.

Mauricio agachó la cabeza todo consternado. Las dos mujeres se miraron de reojo. Todo estaba dicho y había que esperar el desenlace sumidos en aquél entorno dramático.

Tras unos momentos de tensión, efectivamente todo salió como habían planeado. Habían dado de lleno en las fibras sensibles de Mauricio, que no pudo contener el desbordamiento de su nobleza.

-No preocuparos. Mañana por la mañana os traeré un talón por el millón de pesetas. No hay más que hablar.

Las dos amigas se miraron abriendo la boca con asombro. Géminis dijo entrecortadamente:

-Es mucho dinero, Mauricio. Yo no sé si podré devolvértelo alguna vez. Es mucho dinero.

-Te vuelvo a decir que no te preocupes. De vez en cuando el dinero sirve para algo realmente útil.

-Y hermoso.

Mauricio miró a Marga, que era quien había hablado. En los ojos de ella también habían aparecido unas lágrimas.

 

Dalia (Capítulo IV) Septiembre 28, 2007

Archivado en: Dalia, Novela — illyakin @ 12:58 pm

Como todos los días, Mauricio se había marchado para verse con Toni, pero aquella tarde era diferente a las demás. Sentía en su interior renacer la vida, la ilusión, el deseo de saborear el tiempo y estrujar los minutos con ansia, palpando con intensidad los goces que él idealizaba.

Mientras tanto…

Al sonar el timbre, Marga abrió la puerta. La mirada de su amiga Géminis era una interrogante. Marga sonrió abiertamente.

-Pasa y cierra. Creo que está en el bote.

-Estupendo. Mañana me toca a mí. ¿Te lo llevaste a la cama?

-No fue fácil porque tenía que trabajar en su terreno, ¿comprendes?

-No mucho, pero es igual. Confío en tí. ¿Cuánto le podemos sacar?

-No sé exactamente. Tiene un comercio de electricidad en Cartagena y un hijo abogado que se acaba de colocar aquí en Madrid. Yo creo que bastará con un millón.

-No está mal. Pero cuéntame, ¿lo incitaste?

Se habían sentado en el sofá y Marga lo hizo dejando al descubierto sus bien torneados muslos hasta la cobertura de las bragas. Al joven de los prismáticos del edificio de enfrente lo traía medio tarumba con sus destapes eróticos.

-No hizo falta -contestó Marga-. Es una persona que va por libre buscando utopías. Es viudo y con necesidad de encontrar un amor que tenga los valores que le colmen.

-Su media naranja, ¿no?

-Más o menos.

-¿Un Don Quijote?

-En lo que se refiere al amor, creo que sí. En cuanto a enderezar entuertos, lo veremos mañana. No quieras saber la tira de chorradas que le he tenido que aguantar, desde comprar una guitarra de segunda mano hasta hacer de conejillo de indias. Y después, inventarme un tío que me besó en un pasillo.

-¿Sin que te echara un polvo?

Marga rió de buena gana. Luego reclinó la cabeza mirando al techo.

-Ese hombre es especial, por eso hay que tratarlo con cuidado, con mimo.

Géminis entornó los ojos.

-¿Disfrutaste con él?

Marga volvió a mirar a su amiga. Luego asintió con la cabeza.

-Sinceramente, sí. En aquel momento abandoné mi juego y me metí de lleno en su bola, perdiendo el sentido de la realidad. Mi papel me salió a la perfección. ¿No te he dicho que me pidió que me casara con él?

Esta vez fue Géminis quien rió. Luego quedó pensativa.

-¿Y por qué no le sigues la corriente? Podríamos pensar algo para sacarle más pasta.

-La idea no la echo en saco roto, pero vamos a terminar la primera parte.

Géminis se levantó.

-Llevas razón, Marga. ¿Quieres un pelotazo?

-De ron. Vamos a celebrar el éxito del primer asalto.

Al tercer cubata, las dos jóvenes eran ya dueñas de otro millón de pesetas, amén de la juerga por el choteo, incluyendo la bacanal con aquel hombre de tan especial comportamiento.

 

Yo ya escribí mi libro Septiembre 20, 2007

Archivado en: Memorias, Poesía — illyakin @ 7:42 pm

Las memorias de mi padre están prologadas por este poema que escribió, a modo de testamento literario.

Sólo deciros que me siento rica. Y me gusta compartir esta riqueza con quien quiera entrar y sentarse en esta estancia.

(La otra riqueza la compartiré cuando me toque la primitiva…)

Para que lo lean con cariño

mi familia y descendientes,

porque para ello fui escribiente

de esta historia que bendigo.

Ella dará fe, voto a bríos,

que no fui gran pudiente,

mas sí soñador de ríos

de aguas muy transparentes

que pasaron por el filtro ardiente

del amor, cuando no en desvarío.

Para que lo lean con cariño

quien saber quisiere

de mis andanzas de niño

y de mi ego adolescente,

y de adulto ciertamente

porque vivirlo pudiere.

Y si manantial hubiese sido

de ingenio transparente,

en vez de este libro

fortuna sorprendente

hubiese dejado

sin dejar de quererte.

 

 

Si ya lo decía yo… Septiembre 16, 2007

Archivado en: General — illyakin @ 1:57 pm

Tenía serias dudas de dónde copiar este artículo (a mano, que tengo El Mundo de ayer delante, así que al menos apuntarme el mérito de teclear tanto). Al final ha ganado el blog de mi padre como medio para hacéroslo llegar, ya que trata de un tema que ha sido la bandera que reluce clavada en este sitio.

Hemos hablado en nuestros respectivos blogs tanto al respecto, que algunas frases me parece ser la segunda o tercera vez que las leo o las escribo; así que haré referencia en mis notas, escritas en este color, en un parlamento directo con personas concretas que sé que han reflexionado largo y tendido sobre lo dicho, tratando de enlazar aquellos sus posts en los que así lo dejaron reflejado.

Os invito a entrar a comentar este artículo (y por favor, los demás posts de mi padre también, él no los lee, pero yo sí).

*****

LA FELICIDAD COMO PROYECTO DE VIDA

(Enrique Rojas, catedrático de Psiquiatría).

La felicidad consiste en ilusión.

[...]

La ilusión no es el contenido de la felicidad, pero sí su envoltorio. Tener ilusiones es vivir hacia delante, mirando hacia el porvenir y, en consecuencia, tener metas, retos, objetivos y planes por cumplir. Vivimos en el presente, sí, pero empapados de un futuro que se cuela dentro de nosotros y nos empuja a seguir hacia delante. Tener ilusiones es estar vivo y coleando. Como dice Don Quijote, “la felicidad no está en la posada, sino en medio del camino”. Nunca puede ser entendida como un destino, un lugar a donde uno llega y se instala y se queda allí ya de por vida.

La vida da muchas vueltas (((lo impensable te puede suceder mañana, levántate preparado))). Ha visto uno caer torres muy altas. La mejor de las vidas está envuelta de sinsabores, heridas, dificultades, cosas que se han torcido y han seguido un derrotero inesperado para nosotros y nos han obligado a reconducir nuestra travesía de otro modo. Si la vida es la gran maestra, el tiempo es su gran escultor.

Los psiquiatras sabemos que los depresivos viven especialmente hacia atrás, atrapados en el pasado negativo, sin poder zambullirse de él. Las personas psicológicamente sanas viven en el presente, pero inmersas en un futuro inmediato y mediato, próximo y lejano. Ese porvenir es el tirón que empuja a seguir luchando por sacar lo mejor de uno mismo.

Hoy, para mucha gente, la felicidad ha quedado reducida a tres cosas: bienestar, nivel de vida y seguridad. Cada una de ellas tiene su propio perímetro. El bienestar por sí mismo no da la felicidad: tener lo suficiente es una rampa de salida, positiva, adecuada, pero ahí no está la clave. El nivel de vida tiene un valor indudable, pero es mucha la gente que, con esta premisa cubierta, no es feliz (((Nanny, tú hablabas precisamente de esto))). La seguridad en la existencia humana siempre es relativa y uno está a merced de los vientos exteriores que pueden cambiar las condiciones personales y un golpe negativo de fortuna le da un vuelco a la vida propia, en cuestión de horas.

¿En qué consiste entonces la felicidad? ¿Dónde está la piedra filosofal para encontrar el camino adecuado? En hacer algo que merezca la pena con la propia vida, algo grande y positivo, de acuerdo con las posibilidades de cada uno. En una palabra: una vida lograda; sacarle el máximo partido estrujando sus principales argumentos.

La ilusión constituye la dimensión esencial del porvenir. Nos pasamos la vida pensando en el día de mañana. Ésa es la vertiente más fértil de la existencia. Vivir es adelantarse, proyectarse, desvivirse, paladear la sinfonía de sabores que la habitan en la vida como proyecto… Trazar una cartografía de objetivos a corto y largo plazo. Pero teniendo claro que los tres grandes asuntos que atraviesan la biografía están impregnados de amor, trabajo y cultura. Esa trilogía esencial que, como un ritornello, recorre la existencia por caminos unas veces claros y otras serpenteantes, adentrándose en los entresijos de todo el ser humano. Tríptico deslizante que, como un río caudaloso, va regando las distintas parcelas de la geografía personal (((Hache, carpe diem sí, pero aquí está la razón por la que “tus mujeres” quieren algo más de tu futuro: son mujeres sanas psicológicamente, así que no se lo reproches))).

La ilusión de llegar a ser uno mismo. Tarea de artesanía, luchando a brazo partido por superar las mil y una dificultades que inevitablemente asomarán, aquí y allá, en esos avatares que irán incidiendo sobre ella. Un buen lema es: luchar por aspirar a lo excelente. Pretender lo mejor. Buscar valores que le den calidad a la vida, en medio de una sociedad como en la que estamos inmersos: repleta de avances científicos, con grandes progresos, pero que en lo humano se ha ido deteriorando de forma notarial.

Son tantas las vidas desorientadas que vemos en la actualidad, muchas vacías de verdaderos contenidos y otras perdidas. Hay pocas vidas ejemplares que sean mostradas en los medios de comunicación. Por el contrario, se ha multiplicado la exposición de vidas de famosos (no de personas con prestigio, que eso es otra cosa) siempre que estén rotas, partidas, troceadas. Pensemos en los programas basura de tantas televisiones: mucha gente toma esto como un pasatiempo, y se han multiplicado los medios para rebajar el nivel hasta puntos mínimos (((Koti, ¿te suena?))).

Por el contrario, la felicidad como proyecto significa tener un horizonte de metas y temas por los que uno lucha con tesón, con el alma, con la cabeza, aspirando a lo mejor.

Para que el proyecto personal sea positivo, debe tener las siguientes características:

1º) Que sea coherente y realista. Es decir, que haya el menor número de contradicciones posibles dentro de ella y se asiente en la realidad.

2º) Amor y trabajo conjugan el verbo ser feliz; amar el trabajo y trabajar con amor.

3º) Capacidad para superar las adversidades, derrotas y frustraciones de la vida. La existencia humana es como un tapiz, precioso por fuera, pero que, cuando por curiosidad uno lo mira por detrás, descubre que está lleno de zurcidos de rotos que se han enmendado y de rajones que han sido subsanados. Por tanto, la capacidad para superar las heridas significa buena salud mental.

4º) Es conveniente tener preparado una especie de manual de emergencia para enderezar el rumbo cuando éste se ha salido de los carriles previstos. La vida es abierta y provisional. Pero tiene siempre un fondo dramático, nos puede pasar cualquier cosa y la seguridad absoluta es una moneda de escasa circulación.

5º) La amistad es una de las grandes acompañantes de la vida. Es el plato fuerte en el banquete de la existencia, pero también es siempre un riesgo, ya que dejar que los demás nos conozcan implica abrir la ciudadela interior y dejar que pasen y contemplen de cerca lo que realmente somos (((Pegasux, tú y yo esto ya lo intuíamos, ¿verdad? He visto estos días una bolsa de pipas “de la amistad” que si hubiera podido te la hubiera enviado))).

En la escala de las intensidades de los amigos, alcanzar una buena puntuación nos asegura complicidad, confidencia, intimidad, capacidad para desahogarnos en los momentos malos y buscar el apoyo y el refugio en el otro (((¿lo ves, Hache? en vez de quejarte de que se desahogan contigo, prueba a desahogarte tú; ah bueno, ya lo haces en el blog… deseo que también fuera de él))).

6º) La convivencia es un arte. La vida diaria sigue siendo la gran cuestión. Convivir es ceder, respetar al otro, pedir perdón y ser perdonado, y evitar el roce y la fricción que entorpece y desalienta. En la convivencia diaria uno se retrata; de ahí la importancia de cuidar los pequeños detalles del día a día, para hacerla amable y positiva (((me permito aquí ensalzar a Nanny-Ogg y a Ali-y-Cía como ejemplo de personas que comprenden perfectamente este punto y han logrado ser sus grandes artistas de referencia))).

El mapa de la felicidad se dibuja a base de valles y colinas, y de ríos caudalosos y de pequeños riachuelos que alimentan la tierra y le dan vigor y frescura. La felicidad consiste en sacarle el máximo jugo posible a nuestra existencia, en hacer algo que merezca la pena con la vida que uno tiene, cada uno de acuerdo con sus posibilidades y su situación.

Los perdedores, como los triunfadores, no se hacen de un día para otro, sino después de años de dejadez, abandono, desidia e indolencia; o, por el contrario, de tenacidad, de superación de las dificultades y de la capacidad para mirar siempre al horizonte que se dibuja en el porvenir (((en este punto subrayo mi admiración por Zafferano. Yo soy una extraña mezcla de estas dos vertientes; conjugo la procastinidad con la ilusión; gracias a ello me muevo; pero como propósito de enmienda, prometo trabajar para dejar la indolencia bajo llave. En cualquier caso, os recalco la esencia del subtítulo de mi propio blog: las grandes metas se consiguen con muchos pasos, poco a poco))).

La madurez es serenidad y benevolencia (((Aldara, retomo aquel día en que hablábamos sobre no sentirse maduro y cuándo saber que ya se es))). Y tener el agradecimiento a la vuelta de la esquina para ofrecérselo a aquéllos que, de una manera u otra, nos han ayudado en la travesía. El agradecimiento es la memoria del corazón. Hay que aspirar a una felicidad razonable, ya que la felicidad absoluta no existe; es una quimera, una pretensión vana, una utopía, fuegos de artificio de poca duración. Y una de las puertas de entrada a ella es la coherencia personal; otra, la ilusión.

 

Dalia (Capítulo III) Agosto 30, 2007

Archivado en: Dalia, Novela — illyakin @ 7:25 pm

Pasaron tres días más y cambiaron los horarios. Él la esperaba a que saliera de la boutique para después comer juntos en un bar. Luego se iban a la casa y allí estaban hasta las siete, para irse después con Toni.

-Vamos a dejar la clase. ¿Qué hora es?

-Las cinco y media. ¿Estás cansada?

-No es eso. Es que me apetece hablar.

-Me parece muy bien. Hablemos de ti.

-¿De mí? ¿Qué quieres saber?

-De momento sólo sé que eres huérfana, que te recogió Dolores, la dueña de la boutique, que vives con tu amiga, que nunca has tenido novio formal, y también sé cómo te llamas. Ahora cuéntame alguna experiencia tuya.

-¿Experiencia? No he tenido ninguna, y me refiero a lo sentimental. Me basta con saber las experiencias de las demás mujeres.

-No lo comprendo. Con tu forma de ser y tu… belleza, finura… No lo comprendo. ¿Qué es lo que quieren los jóvenes?

Marga sonrió.

-Eso no quiere decir que no haya tenido pretendientes. Lo que ocurre es que ninguno de ellos me ha llenado lo suficiente.

-¡Ah, vamos! Eso me tranquiliza. De pronto había pensado que los jóvenes de esta época no tienen ojos en la cara.

-Y algunos tienen más cara que ojos.

Mauricio sonrió.

-¿Por qué lo dices? Algo te habrá pasado.

-No tiene importancia.

-Pues yo quiero saberlo.

-No fue nada. Eso sucedió hace un año. Entonces yo vivía con Dolores y había fiesta en la casa. Preparé en la cocina algunos platos de repostería. Cuando acabé, cogí dos grandes fuentes llenas de dulces y salí al pasillo para llevarlas al comedor y, en mitad del pasillo, vi que se acercaba uno de los invitados, que era otro joven de mi edad. Iba deprisa. Yo, para dejarle pasar, apoyé la espalda a la pared abriendo los brazos para que no tropezara con las fuentes y no me las tirara al suelo. Al llegar a mi altura dio un frenazo en seco, se volvió hacia mí y, sin pensarlo, me dio un largo beso. No tuve capacidad de reacción. Con las dos manos ocupadas, aguanté el tirón hasta que a él le dio la gana. Después siguió su camino hacia la cocina como si no hubiese ocurrido nada.

Mauricio volvió a reír.

-Pareció un buen principio, ¿no?

-Sólo pareció. La fiesta siguió en paz y todo se desarrolló normalmente.

Por unos momentos, Mauricio se recordó a sí mismo en sus buenos tiempos de joven. Luego, mirándola, por unos instantes la contempló desde otra óptica y terminó erizándose. Ya tenía cuarenta y ocho años, y un espejo para hacérselo recordar.

*****

Era ya veinte de julio. Como todos los días, habían comido juntos y marchado después a la casa para la siguiente lección de guitarra. Sin embargo, había algo en el entorno que no encajaba. Estaban tensos.

Mauricio se levantó mientras ella ensayaba otro acorde. Salió al balcón y fumó un cigarrillo. Al regresar junto a ella la vio que tenía el método de música abierto sobre la mesita. El hombre lo cogió.

-De eso nada. Cuando ya no esté yo, puedes hacer lo que quieras; pero, de momento, practica lo que te he enseñado.

-Pero si sólo es para comprobar una cosa. Dámelo.

Mauricio dio un paso atrás escondiendo el libro tras de sí.

-Te digo que me lo des. Es sólo un momento.

Él negó con la cabeza.

Ella se levantó y trató de quitárselo. Sus brazos le rodearon el cuerpo intentando llegar con las manos al libro. Sus rostros quedaron muy cerca.

No hubo titubeo. Ella se había quedado inmóvil. Sin saber cómo, Mauricio sintió en su interior las notas que Chopin compusiera en su Tristeza de Amor… Y la besó.

Luego reaccionó bruscamente.

-Perdona, mejor será que me vaya.

Ella no dijo nada mientras que él se dirigía rápidamente a la puerta. Al abrirla, escuchó su nombre en los labios de la mujer. Y volvió a cerrarla. Se fue hacia ella, que no se había movido del sitio. Recogió el libro de música que estaba en el suelo y volvió a ponérselo otra vez detrás de él. Durante unos instantes se miraron en silencio. Ella comprendió perfectamente lo que se proponía.

La secuencia se volvió a repetir con más lentitud. Volvió a rodearle con sus brazos y volvieron a quedar sus rostros muy cerca… Y volvió a besarla.

Cuando se separó de ella le dijo en un susurro:

-¿Querrás casarte conmigo?

Y ella, desabrochándole la camisa, le contestó también muy quedamente:

-Ya hablaremos de eso después.

*****

 

Dalia (Cap. II) Agosto 12, 2007

Archivado en: Dalia, Novela — illyakin @ 1:18 pm

 

CAPÍTULO II

 

Mauricio se lo dijo a Toni, a quien le pareció estupendo ya que, así, quieras que no, le serviría de distracción. Y así fue que el primer día se presentó en casa de Marga, dispuesto a darle la primera lección de guitarra. Había bajado del taxi, y subió el segundo piso según la dirección que le habían dado. Él ya sabía que su amiga estaba de vacaciones y que se había marchado a su pueblo con la familia. Marga le abrió la puerta, invitándole a entrar.

-Hola, pasa.

Ya en el saloncito le señaló la guitarra mientras decía:

-Seguramente que estará desafinada.

-Lo más seguro -le contestó él.

-¿La afinas mientras me ducho? Es que acabo de llegar y no he querido hacerlo hasta que tú llegaras. Esta mañana he pasado un calor bárbaro.

-Claro, mujer -mientras hablaba se había sentado en el sofá.

-En un momento estoy lista.

Mauricio la vio cómo desaparecía por el pasillo, impregnando el ambiente de una prodigiosa sensación de placer. Su desenvoltura lo atraía y su emanación le incitaba. Afinó la guitarra, comenzando poco a poco a desgranar notas. Hacía tiempo que no tocaba. Sin darse cuenta se fue entusiasmando.

Al cabo de unos diez minutos vio de reojo cómo ella lentamente se iba acercando hasta quedar frente a él. Luego se agachó quedando casi de rodillas. Su boca entreabierta y su mirada perpleja denunciaban su admiración. Su blusa entreabierta dejaba ver la tersura de sus bien formados senos. Mauricio volvió los ojos hacia los trastes de la guitarra, donde sus dedos ágiles y ávidos de notas se movían alegres. Luego, con cierto tono de guasa, le dijo:

-Te vas a resfriar.

Durante unos segundos vio en la expresión de su rostro que no le había comprendido. Después, no sin un asomo de aturdimiento, acabó de abrocharse diciendo:

-¿Cuándo podré yo tocar así? No creí que lo hicieras tan bien.

*****

Al quinto día, aparte de ser una excelente discípula, resultó ser una extraordinaria compañera. Afable, divertida, y portando una simpatía que parecía ser innata en ella. Además, seguía prendado de su elegancia.

Eran las seis de la tarde. Ella dejó de tocar.

-Nunca lo haré como tú. Lo tuyo es un don.

-Que yo intento transmitirte. Dame la guitarra. Cuando ya sepas más e interpretes alguna melodía que te guste mucho, entorna los ojos y, así, casi cerrados, arranca de tu corazón parte de lo que sientes y llévalo a las cuerdas. Pero, de momento, aún te queda mucho camino por recorrer.

-Ya lo sé. Pero sigo diciéndote que lo tuyo es un don.

Él la miró sonriente.

-El único don que de verdad tengo yo es el poder de la sugestión.

-¿Sugestión? Explícate.

-Verás. Nunca lo he usado para fines que me beneficiaran. Siempre lo he experimentado en alguna reunión de amigos para pasar el rato, ¿comprendes?

-Te sigo, pero no te comprendo.

-Ahora te explico. Es una variante, por decirlo de algún modo, de la hipnosis. Hay que estar completamente en silencio y bajo una concentración al límite de lo sobrenatural. Luego, dependiendo del sujeto, me apodero de su voluntad hasta el extremo de que no es capaz de moverse. No está hipnotizado, pero no puede ni mover un brazo.

Marga lo miró entre interesada y recelosa.

-Perdona que lo dude, pero no… no me lo acabo de creer.

-¿Qué quieres decir? ¿Que soy un embustero? ¿Quieres que lo pruebe contigo? -él había puesto a su voz un tono grave.

Tras unos segundos que Dios sabe lo que pensaba, le respondió:

-¿Por qué no? Si esto es verdad, tendré una experiencia que no se la va a creer nadie. Empieza.

Mauricio se puso de pie, dejando la guitarra en el sofá.

-Primero vamos a poner un pañuelo en el suelo. Tú pisarás una punta y yo otra. Cuando yo crea que estás en trance, te diré que me toques la cara. Ya verás que te será imposible.

-De acuerdo.

-Entonces, voy a poner el pañuelo en el suelo. Pero aquí no, que hay mucha luz. A ver….. al principio del pasillo.

Mauricio puso el pañuelo al principio del pasillo. Ella pisó una punta, quedando de pie toda expectante a que él se concentrara en sus ojos. El hombre se ladeó un poco y, cogiendo la puerta de cristales, la cerró, quedando de ese modo la mitad del pañuelo en la parte del pasillo y la otra mitad en la parte del salón. Luego la miró a través de los cristales mientras pisaba la otra punta del pañuelo.

-Ya puedes tocarme la cara. Inténtalo.

Lo primero que le contestó fue que se marchara al cuerno. Había caído en la broma hasta el cuello por lo que, riendo y sintiéndose como un inocente conejillo, abrió la puerta apoyando su cabeza en el pecho de él, desahogando con pequeños golpes de sus puños el bochorno que sentía.

*****

 

 

Dalia Agosto 3, 2007

Archivado en: Dalia, Novela — illyakin @ 11:59 pm

Primera parte

CAPÍTULO I

 

1 de julio de 1980.

A sus cuarenta y ocho años, Mauricio se sentía en el momento cumbre para pensar que ya lo tenía hecho todo en la vida, y que solamente vegetar y verlas venir eran su meta.

Ya había salido del profundo y largo túnel en el que había estado sumido desde la muerte de Irene, su mujer, ocurrido hacía diez años en un fatídico accidente de circulación en Cartagena; y ahora, a la salida de aquel túnel, comprobaba que, a pesar de sonreirle la vida tanto en lo económico como en lo familiar, el sol no brillaba como antes, y ni la poesía ni la música tenían aquella magia que lo enamoraba y le había hecho ser tan feliz.

Desde hacía dos años había estado escribiendo sus memorias. Sonrió, dándose perfecta cuenta de que no eran precisamente unas historias con un contenido que despertara algún interés particular. Era sencillamente su vida. El único estímulo que había tenido era que algún día lejano las leyesen sus biznietos y demás descendencia.

Esas historias las acompañaba con fotos de la época en la que se iban desarrollando, para que resultara más amena su lectura. Instintivamente las había escrito para distraerse y para apoyar la idea de que todo hombre tenía que escribir un libro.

Pero Mauricio se equivocaba en algo. A sus cuarenta y ocho años, aún seguía teniendo un atractivo muy personal para las mujeres, por su físico, por su mirada y por la tonalidad de su voz. Unido esto a su manera de ser, formaba un cómputo de cualidades, haciendo que resultara agradable su compañía.

El tren llegó por fin a Madrid, y en la estación le estaba esperando su hijo Toni. Estaba muy orgulloso de él. Después de abrazarlo, cogieron un taxi que los llevó a la pensión donde vivía. Aún era pronto para sacar conclusiones sobre aquel trabajo, pero estaba contento. Había que darle tiempo al tiempo. Había terminado la carrera de Derecho y estaba a prueba en una empresa. Se había librado del servicio militar y, a sus veintitrés años, comenzaba a volar por esos cielos de Dios.

-¿No te aburrirás, papá? ¿Qué vas a hacer hasta las ocho de la tarde cuando salga yo? –le había dicho con cierta pesadumbre.

-No te preocupes, Toni. Aparte de recorrer y visitar Madrid, tengo la dirección de un viejo amigo de Cartagena que vive aquí desde hace muchos años. Lo visitaré. También tengo viejas amistades. Ten en cuenta que hemos vivido aquí mucho tiempo.

Aquel primer día lo pasaron juntos recordando sitios de la ciudad. Comieron donde encartó y hablaron de muchas cosas.

Al levantarse al día siguiente y lanzarse a pasear por aquellas avenidas, tuvo una sensación de relajamiento que le hizo sentir bien. Hacía calor, pero él iba a gusto. Comió e hizo tiempo para ir a visitar a su amigo. Iría a las seis de la tarde. Efectivamente, a esa hora tomó un taxi y, dándole la dirección, le llevó a su domicilio. Era en un quinto piso.

Cuando le abrieron la puerta, pudo observar que estaban de fiesta. Algunos chiquillos corrían por el pasillo.

-Buenas tardes. ¿Está Mario?

La mujer, una señora de casi cincuenta años, le contestó:

-Sí, sí está. ¿Qué desea? ¡Pero si eres Mauricio!

Los primeros momentos fueron muy efusivos. Mario y él estuvieron abrazados por lo menos un par de minutos. Luego le presentó a su hijo y a su nuera, a un matrimonio vecino suyo y a una joven de unos veinticinco años. Marga.

La fiesta era por el cumpleaños de su nieto. Tres años había cumplido. Los dos pequeños de la vecina eran demasiado inquietos, por lo que tuvo lugar algún que otro pescozón propinado por el padre.

Al cabo de casi una hora de hablar y de tomar unas copas y algunos dulces, Mauricio salió a la terracita aprovechando unos momentos en que se había quedado solo. Abajo estaba la calle con su buen tráfico.

-Vaya jaleo que arman los críos, ¿verdad?

Era la joven Marga quien hablaba.

-Desde luego. Y eso que el padre está al quite. ¿Tú eres vecina?

-No, soy amiga de la familia. La dueña de la boutique donde trabajo y Cari, la mujer de Mario, son íntimas amigas, y de ahí viene mi amistad con ellos. Yo no sabía nada de esta fiesta, pero he venido para traerle unas cosas a Cari y aquí estoy. Ahora tengo las tardes libres porque están de reparaciones en la tienda. Sólo voy por las mañanas para organizar un poco los géneros.

Pasaron unos momentos de silencio mirando el tráfico. Mauricio pudo observar que aquella joven tenía algo que atraía, al margen de su juventud y belleza. Indudablemente era su elegancia.

-¿Echas de menos Madrid?

Mario se les había unido en la terracita.

-Bastante. Ten en cuenta que han sido muchos años los que he vivido aquí. Pero prefiero Cartagena.

-Cartagena es más tranquila. ¿Llegaste a montar el negocio?

Mauricio había sacado un paquete de Nobel, invitando a Marga y a Mario. Al acercar la llama de su encendedor al cigarrillo de la joven, la miró a sus anchas. Era sencillamente bellísima. Luego contestó a su amigo.

-Sí. Mi cuñado Andrés, que es el hermano de Irene, me animó y abrimos un local de electricidad.

-¿Puedo hacerte una pregunta?

Mauricio sonrió. La pregunta la veía venir.

-Puedes hacerla.

-¿Has pensado en casarte de nuevo? Aún eres joven.

Tras unos momentos de silencio contestó a su amigo, no sin antes mirar de reojo a Marga. Tal vez si no hubiera estado ella hubiera sido más tajante.

-Yo no mido la juventud por los años, porque a mi edad más bien entra el motivo de la conveniencia. Alguien que me cuide y que yo cuide no es suficiente para mí.

Marga iba a hacer una observación, pero calló. Hábilmente quedó a la expectativa.

-No te comprendo, Mauricio. ¿Qué es lo que quieres?

-Enamorarme, amigo mío. Enamorarme.

Mario le echó su brazo por encima de los hombros, mirando la ajetreada calle.

-Pues enamórate. Pero tendrás que alternar, ¿no? ¿Tú que dices, Marga? Desde el punto de vista de una mujer, ¿qué puedes decir?

-¿Yo? –la joven sonrió-. La verdad, no quisiera parecer una mujer suficiente o con mundología, pero el tema del amor es muy complejo. Tiene que haber una mutua condescendencia; asumir los defectos del otro, coincidir en gustos o aficiones, y muchas cosas más que dejan al posible amor un poco indefenso. Por saber algo de ti, Mauricio. ¿Cómo consideras al amor?

-Algo sublime.

Su tajante respuesta fue sincera. Esa fue la impresión y así era en realidad. Mario, que se había quedado sorprendido por las palabras de Marga, apuntó dirigiéndose a Mauricio:

-Creo que esa forma de pensar tuya tiene que ser mutua. Porque si la mujer de la que tú te enamores no tiene esa opinión y es más realista, no hay arreglo. Yo pienso como Marga.

Mauricio encendió otro cigarrillo. Normalmente no fumaba tanto. Luego contestó, queriendo poner punto y final a la conversación:

-Es que, si yo me enamoro, es porque he encontrado en esa mujer los valores necesarios para vivir felices. Y vamos a dejarlo, porque esto es un problema mío.

-Como quieras.

Mario cambió de conversación, sugiriendo tomar asiento en los silloncitos de la terraza. En aquel momento se les acercaba Cari con unos vasos de sangría sobre una bandeja, que ellos acogieron de buen grado. Luego continuó:

-¿Te acuerdas de aquellos bailes que organizabais con la rondalla? Qué bien que lo pasábamos. Nunca aprendí a tocar la guitarra. Tú, además, tocabas el laúd.

-Así es.

Marga entró en la conversación con un deje de entusiasmo.

-¿¡Sabes tocar la guitarra!?

-Sí, ¿por qué?

-Es que… mi amiga y yo tenemos una y estamos aprendiendo en nuestros ratos libres. A las dos nos entusiasma.

-¿Vais a alguna escuela?

-Qué va. Aprendemos con un método.

-Así nunca llegaréis a saber tocar. Tenéis que ir a una escuela.

-¿Tú aprendiste en una escuela?

-Pues no, la verdad. Pero me enseñó un amigo que sí había ido a una. Se puede decir que era un profesor.

A Mario se le encendieron las ideas, dejándolos un tanto en el aire.

-¿Por qué no le das unas clases durante estos días que vas a estar aquí?

A partir de ese momento estuvieron hablando del tema durante una media hora, quedando al final en que Mauricio iría a su casa a las cinco de la tarde. Estaría con ella dos horas y después se iría para estar con Toni.

Poco después se despedía de todos.

*****

 

 

Cuarenta años Agosto 3, 2007

Archivado en: Canciones — illyakin @ 12:41 pm

Una blanca paloma a mí me enamoró

y esa blanca paloma a mi vuelo se unió.

Volamos sobre el cielo de cada región,

yo mantenía las velas y ella el timón.

Cuarenta años de amor

que brillan como una llama

hemos vivido tú y yo

por los caminos del alba.

Viviendo con ilusión

siempre con una esperanza

luchando con decisión

cantando una balada.

Tú tienes todo mi amor

yo tengo toda tu alma

yo duermo en tu corazón

tus sueños son mi almohada.